El deseo, es decir, la proyección mental de lo que "tendría que ser" o de lo que "no tendría que ser", es el nudo que mantiene vivo al Ego, es decir, a la sensación de individualidad, a la sensación de ser un actor aparte.
El deseo huye fundamentalmente de la Realidad, es decir, de la sensación subconsciente de que no tengo el control absolutamente de nada. El deseo, ayuda a mantener la ficción de que tengo el "control" sobre algo, y la memoria ayuda a mantener la ficción de que "soy alguien".
Si nos paramos a pensar sobre las cosas que aparentemente controlamos y las que no, las que no controlamos golean, en un factor millonario a las que controlamos, aparentemente. Eso desconcierta la mente, que deliberadamente vuelve la cabeza hacia otro lado, para no ver que su utilidad, es relativamente pobre y pequeña.
A través del deseo, la mente adquiere un "protagonismo" central, y al mismo tiempo lo adquiere el ego, el actor, el supuesto actor, mantenido también por el efecto "memoria".
La meditación, en parte, es dar la vuelta a la cabeza en la dirección en la que no quiere ver la mente. Para ver la falsedad o verdad de tales afirmaciones.
Cristo, nos invita a dejarlo todo en manos del Señor quedando absolutamente pobres en lo interior, pero también a descubrir quienes somos realmente. Esta última faceta, no es muy explicada o poco explicada en los evangelios canónicos, en cambio en los evangelios gnósticos, encontramos cosas como esta del Evangelio de Tomás:
«Quien
sea conocedor de todo, pero falle en (lo tocante a) sí mismo, falla
en todo»
Sin descubrir realmente quienes somos, es decir, la falsedad de las apariencias, no es posible, dejarlo todo en las manos del Señor, por que la sensación de ser el hacedor persiste, aunque sea levemente.
Lo que ayuda a ver, es confiar en la palabra del Señor y ver si es verdad. Es decir, verle a El en todos los actos, pensamientos y sentimientos, como la realidad única e indivisa que es. Eso va dinamitando el hábito mental de creer que yo soy a parte de la realidad que me rodea, y ayuda a superar la sensación de individualidad.
Es necesario indagar, pues, en estos dos aspectos:
* La adoración incesante del Señor como la realidad Todo Abarcante (o lo que es lo mismo: prestar atención incesante con espíritu abierto a la realidad interior y exterior). Esto calma la mente y ayuda a superar el condicionamiento de "yo tengo el control" o "soy un individuo separado".
* El primer paso, abre la vía para el auto-descubrimiento y discernimiento, es decir, para ver lo que realmente somos. Ese ver, como he dicho muchas veces, no es "personal", es un ver que nos viene dado, al estar abiertos a ello.