La mayoría de las veces nunca observamos un problema de "verdad". Siempre hay una segunda intención o una tercera, pero la intención final es deshacernos de el.
Observar un problema, significa querer ser amante del problema y eso no es fácil.
Cuando se habla de estar abierto a un problema, el problema del miedo por ejemplo, el primer paso suele ser fácil o relativamente fácil. El primer paso es no hacer nada, simplemente observar, sentir el problema.
Ese paso lo solemos hacer sin mucha dificultad, pero si nos fijamos con atención, al observar el problema hay cierta "tensión". Esa tensión no deja que el problema se exponga del todo. Esa tensión es un "motivo". Es decir, dejo paso al problema, pero cuando se gire de espaldas, ZAS!! Me libro de el, al rio!! Es decir, observamos los problemas para deshacernos de ellos.
Al haber un motivo, no observamos "realmente". La atención no es plena, que es lo mismo que decir, que hay una distancia entre observador y observado y por lo tanto no hay "contacto" real con el problema. Hay una intencionalidad inconsciente o consciente de acabar con el problema.
Amar al problema, implica ser capaz de vivir con el para el resto de tus días, sin tener ninguna intención de acabar con el. Eso es lo más difícil, por que la mente, el ego, siempre trata de deshacerse o manipular lo que "hay ahora", la "realidad del momento" de mil y una formas posibles.
Pero si por aquellos milagros que a veces pasan, "amamos" al problema, de verdad, no como una idea o como una intención, es decir, AHORA [esa es la palabra mágica] este puede que nos rebele algo, algo que no sólo, a lo mejor, transcienda al propio problema, sino al propio comprendedor...